Morir como muere un perro de carretera

18/03/2014

Estoy a punto de tirarme a la pista para que un carro me atropelle. Yo, de pie frente a la zebra peatonal lleno de adrenalina; él, dueño de la pista, decidirá mi futuro.

Estoy a punto de tirarme a la pista para que un carro me atropelle porque no me queda otra. Tengo que avanzar, pero nadie detendrá su vida ni por un segundo para que mi vida no se detenga por siempre.

Me tocará morir como muere un perro de carretera: de un golpe, al instante, sin entender cómo una máquina vale más que un cuerpo, sin entender cómo una vida puede valer más que otra.

Imagen

Disfrutar del camino

13/08/2013

La última hora la he dedicado a observar a las personas que deciden dejar de lado su ritmo normal de traslación al borde del Río Este y, si bien se mueven distinto, todas se ven y suenan igual: jadeantes, llenas de sudor, haciendo un sobreesfuerzo y generando un ritmo similar cada vez que sus zapatillas de marca tocan el suelo.

Van pasando al frente mío más de quinientas personas que conocen su punto de partida, su punto de llegada y cuál (y cómo) será el camino. Andan de a uno o de a dos o hasta de a tres y si vemos que conversan es que fuimos espectadores afortunados: las estrellas del malecón están muy concentradas en cumplir su rutina: salir, correr, sudar, llegar, repetir.

En cuanto a mí, dejé de tomarme en serio el deporte cuando tenía catorce y a las pichangas del recreo las obligaron a dejarme de lado hace nueve años.

¿Qué pasaría si dejáramos de tomarnos tan en serio?

A disfrutar del camino.

5 de agosto de 2013

East River Park, Manhattan, NY, USA

Hasta dónde se va

08/03/2013

Mirábamos el mar, uno al lado del otro, y mi abuela se detenía observando a los tablistas. Ella nació en el ’34 y ha tenido de cerca tanta vida, tanta naturaleza, tantas partidas.

1

La hermana de su madre vino de Suiza a visitarlos y, sorprendida del ‘atraso educativo’, convenció a su hermana y a su cuñado de llevarse a las dos hijas mayores a estudiar la educación básica en su país.

No sé si para ese momento ya habían vuelos comerciales, lo que sé es que a mis bisabuelos les tomó tres meses llegar en barco al Perú cuando decidieron migrar.

2

Mi abuela era la hija menor y su hermana Berta, a quien estoy seguro mi madre debe su nombre, la tercera. Por su edad, les tocó quedarse en el Perú. De pronto estalló la Segunda Guerra Mundial. En el Perú, falleció Berta.

¿Por qué hay niños que mueren a los seis años?

Mi abuela mira el mar y la puedo imaginar de niña jugando con las plantas en la sierra. Se sigue sorprendiendo con el mar y nada le gusta más que el campo, quizá por eso le gustó tanto la Isla de Pascua. Tiene una sonrisa divertida que solo muestra pureza, un amor a la vida, una inocencia que jamás se va a perder. Miramos a los tablistas y, al mismo tiempo y sin darnos cuenta, nos levantamos únicamente para seguirle el recorrido a uno que está sobre la ola. Lo perdemos de vista y mi abuela ya se fija en otro que está lejísimos. Despreocupada y sin intención me hace ver el mar y en el mar la vida. “Hasta dónde se va… a buscar ola”, dice. “Hasta dónde vamos nosotros”, pienso.

Hasta dónde vamos nosotros, Omama.

4 de marzo de 2013
San Bartolo, Lima, Perú

Imagen

More than a woman to me

07/02/2013

Rafo, mi primo que es más que un ejemplo de todo para mí, mientras es atendido en el hospital le pide a Juli, su esposa, que le alcance su iPod. Yo también estoy dentro de la cortina que genera un espacio donde lo atienden dos veces a la semana, pero leo un libro y ahora veo a mi primo programar el iPod.

Estira su brazo con el aparato en mano y me lo da. Me quiere hacer entender, a partir de su experiencia en esto, que escuchando música el tiempo pasará más rápido. Le digo que lo use él, pero me señala el televisor y dice que están dando su serie favorita. A él nunca se le puede dar la contra. Pongo play y luego lo programo en aleatorio.

Rafo y Juli se casaron en marzo, luego de una relación capaz de mantenerse solo escuchando la voz del otro. Con el matrimonio, ella se fue de Lima a Saint Louis para estar con él, para estar juntos.

Los veo jugando a mandarse besos volados, él ahora con la cabeza rapada y ella con el sombrero de cuero que mi primo usa todos los días para protegerse del sol. Mientras esto pasa, en los audífonos que tengo puestos suena “More than a woman” de los Bee Gees y me encanta imaginarlos así: mi primo con su sombrero de siempre en una pista de baile explicándole a su beloved wife lo que ella es para él, más de lo cualquier mujer puede llegar a ser para cualquier hombre; ella sonríe y lo llena de besos y abrazos como hoy y como siempre, a lo que él responde con los ojos cerrados diciéndole “you are more than a woman to me”.

22.10.2012. Barnes & Jewish Hospital – Saint Louis, USA

* Este fue uno de los mejores momentos en el último día que vi a mi primo. Falleció 5 días después.

Dar las gracias

05/09/2012

Los días corren y a veces juntar siete letras nos resulta difícil o nos da vergüenza o las juntamos tímidamente o qué sé yo.

Durante estos últimos años he aprendido cosas nuevas y, más que nada, he reaprendido a revalorar los detalles, los momentos, las decisiones, el amor.

De chico aprendí que las gracias se dan de verdad.

Cada día es distinto y hoy es tuyo. Gracias.

Perdón

28/06/2012

 

1.

Nunca he llevado la cuenta, pero estoy seguro de decir perdón más de veinte veces al día.

Sucede que he crecido en un país donde esa palabra -que debería reservarse como un gesto de reflexión, reconocimiento y humildad- se transforma en un acto de reacción, sumisión e hipocresía.

Si queremos seguir caminando, decimos perdón. Si queremos hacer una pregunta, decimos perdón.

Si buscamos pedir perdón, decimos sorry.

El lenguaje nos limita.

 

2.

Antes de ir a vivir a Alemania, sentí la necesidad de aprender a decir perdón en alemán.

¿Acaso decir enchuldigun (ya sé que está mal escrito) en situaciones similares a las que diría perdón en Lima me haría sentir en casa?

¿A quién mentía al poder pronunciar una sola palabra que jamás me llevaría a entablar una conversación?

 

3.

En la actuación, toda acción se estudia para ser ejecutada al milímetro.

Decir perdón no es lo mismo que pedir perdón. Ambas son acciones y están en un mismo tiempo.

 

4.

En el colegio debí aprender que la vida se rige por la relación espacio-tiempo. Aprendizaje perdido, no sé cómo aprobé física.

 

5.

Los profesores que prefieren invertir horas en transmitir a sus alumnos conocimientos “Ctrl+N+Google” en lugar de incentivarlos a pensar, deben reflexionar, reconocerse y humildemente pedirles perdón.

El lenguaje nos limita.

 

Relaciones abiertas

16/03/2012

No voy a decir que mis padres me enseñaron del amor con su ejemplo. Es cierto, tienen una divertida relación de más de treinta años, tres hijos, una nieta (que no es mi hija, pero sí mi ahijada) y dos perros, pero no voy a decir que solo de ellos aprendí lo que es el amor.

Cuando recién salieron a la venta los equipos de música con CD, mis padres se apuraron en comprar uno. Lindo, grande, de esos que todavía tenían tocadiscos y doble casetera. Inteligentemente, y para que se distinga del anterior equipo de la casa, compraron tres CD’s.

Yo tenía nueve años y ya había pasado por la difícil decisión de dejar de lado mi vocación de ser sacerdote, cuando –gracias a mis padres, este nuevo equipo y los tres CD’s– conocí a Nino Bravo.

Era 1997 y yo vivía desfasado, pensando que Nino Bravo era el cantante de moda. Víctima de un colegio de hombres, soñaba tímidamente con decirle a alguna chica: “mi voz igual que un niño te pide con cariño ven a mí abrázame”.

De este modo, gracias a mis padres y a las letras de Nino Bravo, las matemáticas –que nunca fueron mi curso favorito– se me hicieron simples. La fórmula siempre, sea cual sea la operación, resultaría siendo 1 +1 = 2.

Ideas de niño.

Las matemáticas no son cerradas, sus variables son infinitas y cada relación –al igual que en las personas– es distinta y la proponen sus partes. Así, hay números que teniendo una relación formal con otro número, pueden dividirse, restarse, sumarse, multiplicarse y cuanta operación quieran hacer con otros números, siempre y cuando acepten que sus parejas, a quienes son leales, hagan lo propio.

Este es el caso de las relaciones abiertas, donde la fidelidad se mide en términos de lealtad y compromiso; y el amor resulta siendo el sinónimo más puro de entrega y desprendimiento. La exclusividad física queda de lado y hay un extraño fetiche con el altruismo.

Quizá recién un grupo grande de personas está entendiendo y considerando de manera honesta esa frase de la Biblia que, por los siglos de los siglos, ha venido siendo manoseada y hasta usada como lema de caridad: “amar es compartir”. El amor no debe ser visto como una colecta donde se recogen monedas y se entregan stickers como comprobantes de pago. Todo lo contrario, el amor debe partir de la entrega total de uno (y luego, en el caso de las relaciones abiertas, del otro).

Estar en una relación abierta debe ser lo más parecido a andar con dos manos, tres piernas y cuatro tetas sin que tengan que mutar los cuerpos o ser sometidos a una cirugía. Uno se enfrenta a su cuerpo, al de su pareja y a los de los demás acompañantes que vayan llegando. Todo lindo hasta ahí, pero uno también debe enfrentarse valientemente a los residuos que los acompañantes de turno van dejando en el cuerpo de su pareja, que seguro se traducirán en nuevos aprendizajes, exigencias y posturas.

Se me hace difícil pensar que en Lima alguien pueda decir con soltura “estoy teniendo una relación abierta”. En la mayoría de los casos, quienes estén atentos a las declaraciones, catalogarán a esa persona de infiel e inmoral, de mal ejemplo para las generaciones futuras (quienes dirigirán y sacarán adelante a nuestro país). Poco a poco, estas personas irán siendo bloqueadas y separadas; o aceptadas, según el conocimiento en matemáticas del oyente.

Es más, si es un hombre quien declara tener una relación abierta, tendría el beneficio de la duda y hasta podría llegar a ser considerado una especie de precursor o vanguardista. Por el contrario, si es una mujer quien explica que tiene una relación formal con un hombre u otra mujer, y que a la vez puede mezclarse con quien le venga en gana… madre mía, no solo le tirarían piedras, sino también la aventarían al río.

Sí, y estamos en el siglo XXI. Se clonan animales y se crean niños, pero no se llega a aceptar del todo que hombres y mujeres merecemos el mismo trato. Deberíamos dejar de usar el término “equidad de género” y asumir honestamente la idea de una vez. Finalmente, la única diferencia entre unos y otros debería ser la misma que existe entre quienes están en lados opuestos frente a una puerta de vaivén: unos jalan, otros empujan.

Sin dificultad, algunos amigos me decían que tener una relación abierta era como tener un amigo o amiga con beneficios sin exclusividad, “alguien por mientras hasta que llegue algo mejor”. Me queda claro que no es así. Las relaciones abiertas están destinadas a poner a ambas partes en equilibrio, como aliados, jugadores de póker que hacen trampa por el otro.

Y es que quienes optan por mantener este tipo de relaciones tienen la misma mente abierta que en sus tiempos –más de dos mil años atrás– tuvo José cuando María le dijo que tendría un hijo, pero que no sería de él. ¿Qué fue lo que él hizo? Escuchar, comprender, desprenderse, amar.

Han pasado quince años desde que mis padres compraron el primer equipo con CD y Nino Bravo sigue siendo mi músico de cabecera. Ahora, mientras Nino canta “me voy pero te juro que mañana volveré” ya no me suena tan romántico y no me cuesta imaginar que así se despedía de su mujer –a la que seguro era leal- para entrar a una noche de juerga.

No voy a decir que mis padres me enseñaron del amor con su ejemplo, pero sí voy a decir que gracias a ellos sé lo que busco en el amor, que me parece más importante: quiero ser exclusivo y tener exclusividad en todo sentido, tener un amor egoísta, de esos que no se dividen ni se mezclan ni se comparten ni nada.

Para mí, las matemáticas –así ahora sepa que son infinitas– siempre me llevarán a la básica operación que aprendí de niño y que hoy, ya adulto, reafirmo más propia que nunca: 1 + 1 = 2.

Imagen

* Colaboración para la revista Galería (enero 2012).

El hombre más fuerte del mundo

16/11/2011

Yo, de 5 años, preparaba mis músculos para enfrentar a Paquín, mi abuelo de 72, en un duelo de vencidas.

Paquín tenía esa manía de, aprovechando que dejaba de afeitarse uno o dos días, lijar mi lampiña cara antes de darme un beso. Creo que era una manera de alistar e intimidar a su enemigo, de hacerle saber rápidamente frente a quién estaba.

Yo, de 5 años y con la cara lampiña lijada, alistaba mis músculos para enfrentar al hombre más fuerte del mundo, al único capaz de torcer y apretar mi mano hasta que diga ‘chepi’.

Esa noche, se remangó la camisa y su músculo del brazo derecho comenzó a flotar, a moverse como una ballena que aparece y desaparece en el Pacífico. “Definitivamente Paquín es el hombre más fuerte del mundo”, pensaba a mis 5 años.

Hoy, yo a mis 24 y él a sus 91, lo veo echado en la cama jugándole vencidas al corazón y vuelvo a caer en cuenta de que estoy frente al hombre más fuerte del mundo.

En terno cargado por el hombre más fuerte del mundo

Gracias

01/07/2011

Hoy le doy las gracias a todas las personas que me han enseñado algo en la vida.

Un especial agradecimiento, como siempre, a ti.

Llorar de alegría no es un producto de la Coca Cola Company, es un producto de la vida real.

El niño cierra la puerta

27/01/2011

Alguien toca la puerta del microbús. No se le ve, pero todos le escuchan. La cobradora está recolectando los pasajes de quienes se encuentran detrás. Su hijo -un niño de 4, 5, 6, 7 años- se para inmediatamente y le pregunta “¿abro?”. Alguien vuelve a tocar la puerta. La madre responde “sí, jala”. El niño se dirige a la puerta, se empina, jala una cadena de metal y la puerta se abre.

El niño se hace a un lado e ingresa el hombre que tocaba la puerta y deja al descubierto su media calvicie: “¿Constructores?”, pregunta mientras sigue parado al medio del microbús. La cobradora, que sigue al fondo, grita “sí”. El niño, que en parte está siendo ocultado por la camiseta celeste del hombre, pregunta a su madre en una voz que sería difícil de entender incluso en un estudio de música: “¿Constructores?”.

Silencio. El señor avanza, encuentra un asiento, se sienta; la madre sigue trabajando; el niño tiene que cerrar la puerta.

Sí. En silencio, pues nadie va a contestarle la pregunta, el niño cierra la puerta.


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 615 seguidores