Nos estamos haciendo viejos

27/01/2012

No todos tenemos un día especial en el año para sentirnos viejos y reflexionar sobre lo mucho o poco que hayamos hecho en nuestras vidas. Para mí es una constante, una reflexión a la que presto segundos a diario, un momento de silencio, tortura, locura y esperanza.

Pero tú tienes un día especial en el año donde piensas en todo esto, y a mí me da risa.

Ya tenemos 24 y nos conocimos a los 6… 3/4 de nuestras vidas en que, preocupados y en joda, llegamos a la misma conclusión.

Fueron apareciendo los granos, los pelos en las piernas y las barbas. Fuimos dejando el infantil, menores, medianos y el colegio. Cambiamos el sargento por almuerzos, y los polos de la e por unas camisas parecidas a las que nos firmamos en 5to.

Sabemos en lo que estamos y no hay duda de que nuestra conclusión de siempre es una mierda: nos estamos haciendo viejos.

Feliz cumpleaños.

El hombre más fuerte del mundo

16/11/2011

Yo, de 5 años, preparaba mis músculos para enfrentar a Paquín, mi abuelo de 72, en un duelo de vencidas.

Paquín tenía esa manía de, aprovechando que dejaba de afeitarse uno o dos días, lijar mi lampiña cara antes de darme un beso. Creo que era una manera de alistar e intimidar a su enemigo, de hacerle saber rápidamente frente a quién estaba.

Yo, de 5 años y con la cara lampiña lijada, alistaba mis músculos para enfrentar al hombre más fuerte del mundo, al único capaz de torcer y apretar mi mano hasta que diga ‘chepi’.

Esa noche, se remangó la camisa y su músculo del brazo derecho comenzó a flotar, a moverse como una ballena que aparece y desaparece en el Pacífico. “Definitivamente Paquín es el hombre más fuerte del mundo”, pensaba a mis 5 años.

Hoy, yo a mis 24 y él a sus 91, lo veo echado en la cama jugándole vencidas al corazón y vuelvo a caer en cuenta de que estoy frente al hombre más fuerte del mundo.

En terno cargado por el hombre más fuerte del mundo

Gracias

01/07/2011

Hoy le doy las gracias a todas las personas que me han enseñado algo en la vida.

Un especial agradecimiento, como siempre, a ti.

Llorar de alegría no es un producto de la Coca Cola Company, es la vida real.

El niño cierra la puerta

27/01/2011

Alguien toca la puerta del microbús. No se le ve, pero todos le escuchan. La cobradora está recolectando los pasajes de quienes se encuentran detrás. Su hijo -un niño de 4, 5, 6, 7 años- se para inmediatamente y le pregunta “¿abro?”. Alguien vuelve a tocar la puerta. La madre responde “sí, jala”. El niño se dirige a la puerta, se empina, jala una cadena de metal y la puerta se abre.

El niño se hace a un lado e ingresa el hombre que tocaba la puerta y deja al descubierto su media calvicie: “¿Constructores?”, pregunta mientras sigue parado al medio del microbús. La cobradora, que sigue al fondo, grita “sí”. El niño, que en parte está siendo ocultado por la camiseta celeste del hombre, pregunta a su madre en una voz que sería difícil de entender incluso en un estudio de música: “¿Constructores?”.

Silencio. El señor avanza, encuentra un asiento, se sienta; la madre sigue trabajando; el niño tiene que cerrar la puerta.

Sí. En silencio, pues nadie va a contestarle la pregunta, el niño cierra la puerta.

Me gustaría bañarme todos los días

26/12/2010

Me gustaría bañarme todos los días, afeitarme, tener un trabajo donde me paguen bien, vestirme bonito, ser un tipo correcto, tener más de 2, 3, 4, 5 amigos, ser capaz de gastar el dinero en cojudeces.

Me gusta pensar que soy feliz.

Cuando

09/12/2010

Estamos solos

28/10/2010

Hace dos días falleció su madrina, la hermana de su padre.

Hace cinco años su hermana se fue a la selva con un grupo religioso, desde ahí que no sabe de ella.

No tiene más familia. Ella es su propia familia.

Los zapatos de los bien vestidos

13/09/2010

El sábado pasado fuimos a una fiesta en un barco.

Javi, mi compañero de casa, entró a mi habitación y me preguntó cuánto calzo.

- 42, 43, no sé, ¿por qué?

- Porque hay que ir bien vestidos.

Para mí, ir bien vestido es ir siempre con mis zapatillas blancas. Me puse una camisa rosada de manga corta y un pantalón que vacila entre el celeste y el turquesa. Camino al bar donde íbamos a reunirnos, pensaba “si hoy hubo un sol casi de verano y estoy yendo a una fiesta en un barco, la gente debe ir de colores vivos, agradeciendo el casi comienzo del verano”.

Llegué al bar y estaban todos: las chicas vestían blusas y un decorado facial que las hacía brillar, los chicos camisas de manga larga, pantalones oscuros, incluso sacos y corbatas. A muchos de ellos no los había visto por al menos tres semanas, así que luego de un fuerte abrazo, miré mi camisa, mis pantalones, mis zapatillas y sus zapatos. Sonriendo dije “¿es formal, no?”.

Danniboy me prestó su bicicleta y diez minutos después ya estaba revolviendo la ropa tirada en el sillón azul de mi habitación. Mientras comía un pedazo de jamón y otro de queso, se impregnaban en mí la camisa de rayas, el pantalón oscuro de corduroy, los zapatos negros y una correa.

Para resumir, llegué al barco a tiempo. A Javi y dos amigos de su universidad que fueron a visitarlo por el fin de semana no los dejaron entrar: Javi llevaba zapatillas blancas.

Luego del rechazo a mi clásico intento de “uno para todos y todos para uno”, con la frase “todos nos quedamos”, me vi en la casi obligación de subir al barco.

Yo llevaba zapatos negros, los “zapatos de los bien vestidos”.

¿Los colores solo sirven, acaso, para marcar diferencias?

Colores

Padre, en Italia las mujeres no usan sostén: no quiero ir a la cárcel

16/08/2010

El día siguiente a mi cumpleaños, AK me tradujo una carta que llegó durante la semana.

La situación era complicada: por descuido, dejé de regularizar un asunto al llegar a Alemania y si no me presentaba a la oficina indicada durante las siguientes dos semanas, se presentaban dos opciones: pagar una multa o ir a la cárcel.

Llamé a mi padre y, a pesar de la distancia, me explicó repetidas veces y de manera detallada cómo proceder. Durante el tiempo que duró esta pesadilla, 6 palabras retumbaban en mi cabeza: no quiero ir a la cárcel. La última noche le comenté a mi padre el miedo que sentía ante esa posibilidad, y él, preciso siempre, me tranquilizó de la mejor manera.

Pasado el susto, viajé a Italia. Siendo las 7pm del sábado decidí ir al Duomo de Milán, seguro la parte más fashion de la ciudad, en búsqueda de un bar donde poder ver el partido entre Uruguay y Alemania. Luego de unos pasos, caí en cuenta de que no encontraría bares futboleros, pero sí mujeres sin sostén caminando como si defendieran la camiseta de su diseñador favorito.

Al no estar acostumbrado a tanta naturaleza, fue normal que desvíe mi mirada 2 o 3 veces a la altura de donde deberían estar los pulmones de estas deportistas de la moda. Al tercer o cuarto intento, la mirada seria y atenta de un policía italiano -de esos que seguro visten uniformes Prada- me llamó la atención, pues me recordó 6 palabras que creía olvidadas y que ahora -igual de preocupado, pero por una razón distinta- comparto de nuevo contigo, padre: no quiero ir a la cárcel.

Palabras que se (nos) confunden

05/08/2010

Una niña me mira como quien descubre el cielo. Está en la mesa del costado con su hermano quizá dos años mayor, su padre y su madre.

Yo, sentado solo en una mesa al lado de un espejo, tomo una cerveza y como con las manos.

A ella le hicieron usar cubiertos.

¿Por qué me mira? ¿Envidia? ¿Cortesía? ¿Compasión? Palabras que se (nos) confunden.


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